24 de enero, 2013

Krunch
LeGrudge & Rugged
2012
Arcade
Windows, Mac OS X, Linux
krunchgame.com
Krunch
Krunch
Krunch

Uno de esos videojuegos cuya existencia debe más a un cruce de casualidades que a una voluntad determinista de éxito ve por fin la luz tras un accidentado periplo salpicado de contratiempos. Krunch es la forma (casi) definitiva de un proyecto cuyas raíces se hunden en un juego exprés (creado para una Ludum Dare de la que ya nos separan varias primaveras) y levanta el telón armando un buen jaleo en el proceso. Lo que cabía esperar de un juego que promete muy fuerte a juicio de sus sucios y deliciosos preliminares chiptune.

Krunch se sube al carro de los juegos pretendidamente inacabables, y hace de su desvergonzado nivel de dificultad una de sus mejores armas. O mejor dicho, una de sus escasas armas. Tras la estela de VVVVVV (2010) y, sobre todo, de un Super Meat Boy (2010) al que homenajea en no pocos sentidos, el juego de LeGrudge & Rugged se aferra a las mecánicas old school, aquellas fundamentadas en la muerte por norma y el reintento incansable como única vía posible hacia un final al que sólo los elegidos aspiran. O los que tienen mucho tiempo libre. Bah, pero eso es harina de otro costal.

La cuestión es que el juego es bien complicado, y sirva a título ilustrativo que Krunch viene a ser una «reinterpretación» encorsetada del plataformas del Team Meat, en el cual nuestro flotante avatar ha de llegar de un punto a otro de un escenario plagado de trampas y herramientas cuyo fin último suele ser el aplastamiento. ¿Y si tardamos demasiado? Efectivamente, APLASTAMIENTO. Lamentablemente el juego se pierde a sí mismo en una jugabilidad claustrofóbica cuyo mayor acierto es precisamente esa sensación de premura y agobio, un efecto que empieza a esfumarse con rapidez ante la parquedad de opciones, y que desaparece definitivamente a costa de una presentación desangelada que no invita en absoluto a la repetición. Y esto, tratándose de un juego de las características que trato de describirles, es perfectamente comparable a una sentencia de muerte a nivel lúdico. Viva lo retro, kaputt, y larga vida al electrocardiograma plano.

Krunch

Lo cual es una maldita pena, porque el apartado sonoro de Krunch es con diferencia de lo mejorcito en cuanto a taladrado de sesera que hemos recibido en los últimos tiempos. La maestría ochobitera que resulta del mano a mano entre Dirk Rugged y Disasterpeace —efectivamente, el de Fez (Polytron, 2012)— alcanza niveles de auténtica catarsis al ritmo de su destrucción electrónica. Los potentísimos bajos no entienden de un esquema equilibrado, por lo que saltándose cualquier tipo de protocolos, proceden a mearse en la NES, en el dubstep y, para desgracia de sus autores, en el propio juego. En esas que ahí queda el jugador, un pobre diablo que, con el cerebro anestesiado cargado a sus espaldas, sigue empujando al muñecote flotante contra viento y marea. Contra los designios de un protagonista ingrato que, empecinado en el continuo choque con trampas y paredes, rebota y muere. El teclado encaja el maltrato que le infligimos y de nuevo el personaje —sí, otra vez— muere. Y es que ojo, resulta poco menos que incomprensible que los creadores no hayan incluido un control con gamepad de manera predeterminada, obligando al jugador a utilizar un programa de mapeo de teclas si le place eso de fenecer muy duramente con cierto sentido más allá de desgastar el WASD. Entre las imprecisiones y lo lineal de la propuesta, la grandiosa música termina por hacerse eco a sí misma, protagonizando un auténtico solo de sintetizador mientras que la jugabilidad se atasca en su propia liga regional, en una prueba tangible que confirma (por las malas) que el hecho de incluir sierras, pinchos y trampas no garantiza la diversión de la que hace gala Super Meat Boy. Como colofón final, parafraseando a alguno de los múltiples personajes clónicos que suele interpretar un tal Woody Allen, Krunch puede estar lleno de penurias y sin embargo se acaba demasiado deprisa.

Aunque no se lo crean, esto supone para un servidor una tragedia en el sentido en que este título tiene mucha personalidad. Aburrida, sí, pero al menos posee carácter propio. Una auténtica pena, pues las vidas en Krunch pueden ser infinitas, pero no las ganas.

Acerca de Eduardo Garabito


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