19 de marzo, 2013
La burbuja del crowdfunding
La burbuja del crowdfunding

Parece que las vacas gordas del crowdfunding y los días de arrojarle dinero a la pantalla están tocando a su fin. El modelo de negocio definitivo parece comenzar a hacer aguas aquí y allá, ante un aluvión de proyectos que sobrepasan la línea de lo tolerable en demasiados aspectos. ¿Qué depara el futuro de la financiación en masa?

Supongo que nadie se echará las manos a la cabeza si declaro (muy a mi pesar) que el temita del crowdfunding se nos está yendo de madre pero que muy duramente. La inconmensurable explosión creativa y comercial que ha seguido al fenómeno de la financiación colectiva lleva visos de acabar convirtiéndose en una de esas efímeras burbujas, y no en vano ya somos muchos a los que se nos tuerce la sonrisa ante el abuso de una a priori excelente manera de democratizar el desarrollo de videojuegos. O más bien ante su corrupción, mediante la cual se desvirtúa el proceso creativo en todas y cada una de las capas de una producción no-nata.

Pese a que esta vía de respiro financiero no es ni mucho menos nueva, desde la aparición de Indiegogo en 2008 y de la ahora omnipresente Kickstarter —dándolo todo desde 2009— la escena indie ha vivido un auténtico periodo de revulsión que se ha hecho patente, primero, en toda una serie de grandes éxitos y fracasos. Y segundo, en una etapa de saturación en la que, siempre a juicio de un servidor, nos encontramos en estos mismos instantes. Aunque la demostración empírica es evidente, nunca está de más echar un vistazo a las cifras. Abajo, datos oficiales publicados por la propia Kickstarter, en un sencillo gráfico. También en este mismo enlace pueden ojear un estudio llevado a cabo por Venturebeat.com, que pone en evidencia la caída de los proyectos en Kickstarter, compañía que por su posición prominente (y a falta de datos de otros sistemas similares) usaremos como baremo. ¿Ven? Estos son los números.

Así las cosas, y aunque la tendencia resulte casi tan difícil de predecir como los propios proyectos a los que se refiere, una de las hipótesis que más peso está cobrando es la entrada inminente en un franco declive. ¿Y saben lo mejor? Que es incluso deseable, pues otra de las opciones es la de seguir contribuyendo a una burbuja hasta que no le quede más que estallar. Equipos de todos los tamaños han probado las mieles y las hieles de Kickstarter en una suerte de ciclo natural que eliminaba a los menos aptos de la ecuación; y sin embargo, siguiendo con el símil ecológico, la capacidad de carga de este ecosistema se ha visto desbordada con creces. Empieza a haber más depredadores que presas, y más proyectos que backers.

Como remate, no solo muchos de ellos de estos proyectos son absolutamente nefastos, sino que otros destacan por su galopante improcedencia. Unas líneas atrás hablábamos de una democratización del desarollo, de la nobleza que hay en esa manera de igualar oportunidades de esta particular industria frente a los archiconocidos gigantes del desarrollo. La justicia poética de esta financiación, asumíamos, premiaba las buenas ideas sobre el acceso a la financiación. En esas entiendan mi redundante schadenfraude con el histórico batacazo del proyecto de Gas Powered Games. Señores, se supone que Kickstarter mola porque permite financiar a gente que no tiene acceso a ese dinero, no para creadores consagrados a los que los inversores se lo niegan, sin ánimo de pensar demasiado mal. Para aventura la de este fail, que no la de Double Fine. Podrían hacer otro crowdfunding y narrarlo todo en un lacrimógeno documental. ¡Negociazo!

En el otro polo, aquel creador independiente de pega pidiendo pastizales que harían enrojecer a Bárcenas, por juegos que servidor no tocaría con un puntero láser atado a un palo. O esos proyectos que podrían realizarse perfectamente gratis. ¿Por qué pedir fondos para estos casos? ¿No sería más ético —honorable, incluso— pillar ese juego que ya está terminado y buscarle salida comercial, frente a la opción de montar el paripé y sacar unas monedas? Y ojo que aún no han visto lo mejor, ¿cómo justificarían este proyecto de IndieGogo? Más de 450.000 dólares por un miserable DLC. Inefable.

Aquí hay barro suficiente para enfangar a buena parte de los subconjuntos dentro del fenómeno, y eso sin considerar los cada vez más numerosos proyectos que entran en fase de latencia tan pronto como sus desvergonzados autores ponen sus garras sobre los fondos, tema que da para otro artículo si cabe aún más incisivo. Y así todo. Escribo estas palabras declarándome un firme defensor del modelo de financiación colectiva, porque me apena enormemente el rumbo que está tomando esta fiesta, en la que está empezando a importar más la calidad del champagne que el motivo por la que se organiza. En nuestro día a día nos toca asistir, estoicos o impasibles, al espectáculo en el que la avaricia termina por corromper las buenas ideas. Quiera Zeus que en esta parcela andemos todavía a tiempo.

Acerca de Eduardo Garabito


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