23 de junio, 2014

1849
somasim
2014
Simulación
Steam
www.somasim.com/1849/
1849
1849
1849

Por unas razones o por otras no es cosa de todo jueves que salga un nuevo city builder. A día de hoy los juegos de «construir una ciudad» han quedado mayoritariamente reconvertidos en carnaza para Facebook, y no deja de ser paradójico que, a pesar de esa reconversión, nunca en su historia el género ha gozado de tantos jugadores. Pero a qué precio. Los nuevos city builders son juegos de alguna manera —o de varias— superficiales, enfocados a lo social, y a no calentarle demasiado la cabeza a unos jugadores que creen jugar a los alcaldes y empresarios, pero que a la postre machacan la dinámica cow clicker.

Pero no siempre ha sido así. Algunos años atrás el city builder era otro de los sabores del simulador, con todos sus atractivos y sus inherentes aristas. Muchos de ellos diseñados en clave histórica, algunos de los más notables simuladores para PC nos proponían convertirnos en el Faraón de Egipto (Pharaoh, 1999) o, incluso en el mismísimo César. Igual se acuerdan de estas u otras de las obras de Impression Games, autores de los juegos de construir ciudades que Sierra publicaba y que hacían las delicias de los constructores más exigentes cuando todavía no se había desatado la fiebre de los vóxeles, las antorchas ni los picos. Arquitectura, gestión y urbanismo para todos en prístinas 2D, en los que se controlaba desde el cultivo del garbanzo a las necesidades espirituales; desde el entrenamiento del ejército al negocio de la alfarería. Adoraba y adoro estos juegos, y sabiendo que 1849 se inspira especialmente en estos últimos la incursión al wild west se las prometía felices. Llena de oportunidades, ¿no?

1849 City builder game

Manos a la obra entonces. Robert Zubek, uno de los muchos que moldearon el exitoso Cityville, lidera esta vuelta al simulador clásico. Vivamos el sueño americano desde el más polvoriento de sus inicios, con el movimiento inmigratorio que siguió al descubrimiento de yacimientos de oro en California. Y tratemos de no perder de vista que 1849 intenta jugar en la misma liga que los clásicos: juegos en 2D con perspectiva isométrica en los que se nos invita a construir nuestra propia ciudad desde los mismos cimientos. Partimos de un pequeño mapa salpicado de recursos naturales, en el que sólo tenemos un almacén. Siempre el mismo mapa, eso sí, perro con un collar ligeramente distinto que no se han molestado en disimular. Idéntico y plano en todos los sentidos, creativo y geológico. Yermo, justificado o no por la ambientación. Como en los clásicos marcamos cercados donde los inmigrantes se establecerán, y comenzamos a construir edificios que cubrirán sus necesidades básicas: alimentos, madera, bebidas alcohólicas (va en serio, es una de sus primeras necesidades). Con mayores recursos las viviendas mejoran, admiten más inquilinos, y en definitiva reportan más beneficios. El comercio nos ayuda a cubrir los costes de construcción, o a importar materiales que puede que no podamos producir en nuestro pueblo. Fin.

El mayor problema con 1849 es que una primera partida descubre todo lo que el juego puede ofrecer. Por respeto a su valioso tiempo no vamos a enumerar los pasos que controlan el flujo de la economía, pero siempre son exactamente los mismos. A falta de opciones de ninguna clase construiremos la misma ciudad una y otra vez, cambiando mínimamente las variables: hoy plantaremos viñedos para obtener vino, mañana será trigo para hacer whiskey. Las arcas crecen, los aventureros acuden a la llamada de la prosperidad y el escenario se da por completado, sea por haber cumplido la misión. O en el caso del modo sandbox, por haber cedido al hastío. Lo peor es esa sensación de que todos los elementos que conforman 1849 orbitan alrededor de lo «correcto», pero nunca alcanza un punto realmente confortable. Se le podría perdonar su irregular arte y música de banjo de repetición llegado el caso, pero éste no llega. Y como resultado no hay ningún tipo de diversión en construir exactamente lo mismo misión tras misión. Los conatos de entusiasmo fruto del florecimiento de nuestra ciudad se vienen abajo ante la parquedad de opciones, y son rematados en pleno suelo por una interfaz que sufre de errores imperdonables. Como, por ejemplo, que no muestre la cantidad de recursos básicos, o que obligue a hacer maniobras de escapismo para mover el mapa mientras se construye. Sin olvidar una regla de oro: no podemos tomar en serio a un simulador que no cuenta con atajos de teclado.

Algo ha salido mal con la criatura de Somasim cuando la dificultad proviene casi en exclusiva de las ataduras que impone la interfaz. 1849 se hace querer por momentos, pero no pasa la fase de seducción cuando se muestra feo, simple y lento. La ambientación wild west no puede salvar los muebles de un producto tan mediocre, aunque le añadieran piratas, zombies y ninjas todo a la vez. Queda pues observar a los atareados ciudadanos moverse arriba y abajo por sus rutas prefijadas de hormiguitas trabajadoras, como ya hiciéramos con Zeus o incluso, a otro nivel, con Stronghold. No deja de ser muy meritorio lo que ha conseguido este minúsculo equipo de cuatro personas, pero el resultado palidece en comparación a las propias ambiciones. Excluyamos, pues, la comparación con los pilares del género.

Acerca de Eduardo Garabito


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