04 de julio, 2013
Especial Jonathan Blow
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Especial Jonathan Blow — «Braid» y el valor del homenaje
Especial Jonathan Blow — «Braid» y el valor del homenaje

Todos nos hemos cruzado con Tim alguna vez. En el ascensor, a las siete de la mañana, cuando las brumas del sueño apenas nos permiten balbucir un «buenos días» lacónico. En el rellano de nuestro edificio. En el autobús o el metro; uno de tantos rostros ensimismados que atisbamos por encima del periódico o a través de la música de nuestros cascos. O quizás le hayamos dado con la puerta en las narices alguna que otra vez, cuando venía a ofrecernos la enésima promoción de telefonía móvil.

Son muchas las características que saltan a la vista a través del protagonista de Braid, muchas las lecturas que podemos sacar enseguida de su aspecto, sobre todo en cuanto llevamos unos minutos de juego y nos percatamos de qué trata la película. Todas bastante evidentes. Tim es un personaje que se mueve en ese abstracto concepto de la posmodernidad, arrojado fuera de su centro a un mundo surreal, inconexo incluso en sus leyes físicas; es también un antihéroe, que no ejemplifica los valores de un colectivo sino que se mueve por los deseos e impulsos que le son propios, por metas estrictamente personales. Asumimos eso enseguida y mandamos a Tim al cajón de los personajes mundanos, los que nos representan a nosotros a un nivel mucho más directo (al menos en apariencia) que los animales parlantes o esos amasijos de píxeles deliberadamente desdibujados.

Y el caso es que le damos tanto peso a esa cara visible de Braid que no nos paramos a examinar lo que tiene tras de sí, no con la atención debida. Ese escenario y esa mecánica que suponen un gran guiño, una broma constante. La primera vez que nos damos cuenta de que estamos jugando a un trasunto abigarrado, mordaz y un tanto feote, de cualquier Super Mario (Nintendo, 1987) nos sentimos un poco como Vicky el Vikingo; nos frotamos la nariz y chasqueamos los dedos, entusiasmados, orgullosos de nuestra sagacidad. Las referencias continúan a lo largo del recorrido, una tras otra, con mayor o menor grado de sutileza. Las consideramos parte del entramado enseguida; las asumimos y nos habituamos a ellas.

Como tantas otras veces, claro. El tema de los homenajes y las referencias no es nuevo ni exclusivo de Braid; de hecho, es una constante, casi se diría que una marca de estilo, del videojuego indie. Pero en el título de Jonathan Blow esta mímesis trasciende más allá. Las peculiaridades del título, su carisma y el hecho de que se haya erigido como abanderado de una nueva manera de concebir la creación de videojuegos hacen que su particular homenaje a Super Mario Bros. tenga un peso diferente. Braid funciona como un sello que legitima y valida el calado de este personaje en la sociedad, su condición de icono con entidad propia. Y por añadidura, casi se diría que del videojuego mismo.

¿Es exagerada esta afirmación? En lo referente al exitoso fontanero italoamericano, sabemos que no. Super Mario ha extendido su corpachón a tantos ámbitos que es difícil enumerarlos. Ha sido incluso objeto de exposiciones en los que se han dado citas obras de arte inspiradas en su figura. Ya no es tan extraño encontrarnos a padres de familia que reconocen, sin embarazo alguno, haber crecido con los juegos de Mario, del mismo modo que sus padres lo hicieron con peonzas o canicas. Son muchos, muchos los Tims que rememoran, quizás de camino a su oficina o mientras se anudan la corbata distraídamente, esos días jugando frente a una NES; que sienten todavía, si se esfuerzan un poco, el picor en los dedos encallecidos de tanto pulsar los poco refinados botones.

Braid juega con el homenaje a todo lo que rodea a Mario, plantando en nosotros la semilla de la nostalgia. Pero no lo hace agitando desesperadamente banderas frente a nuestras narices, como otros juegos, para dejar claro su ingenio. No hace falta. Los referentes que emplea se hallan enraizados en nosotros, jugadores ocasionales o hardcores que acumulamos bundles ignotos, de tal manera que no es necesario emplearlos más que como una argamasa para contar la historia. La condición icónica de los mismos hace el resto, rellena los posibles huecos y completa en nosotros las sensaciones, sumergiéndonos en un terreno perfectamente reconocible tanto en forma como en fondo.

Super Mario es ya, podría decirse, un género por sí mismo, un hálito que rodea y completa el mensaje, del mismo modo que el western impregnó en su momento Los siete samuráis (1954) de Kurosawa o la Star Wars (1977) de Lucas. En Braid lo vemos ejerciendo de modelo desde la base y con la aprobación inconsciente del receptor, para quien todos esos detalles forman parte de un acervo cultural no ya aprendido sino adherido en el día a día.

Super Mario como icono. Braid como elemento de legitimidad de ese icono, en un círculo en que ambos se retroalimentan. La obra de Blow tiene valor no sólo, como hemos dicho, desde la perspectiva de su contexto, en esa cúspide indie. Podemos saltarnos esa valla sin problema y adentrarnos en la campiña llena de maleza y alimañas que es el mundo del videojuego al completo. La premisa y la concepción de Braid nos muestran de verdad la madurez de aquél, cómo ha sabido integrar sus formas y sus personajes emblemáticos dentro de una mitología moderna, no ya como visitantes ocasionales sino como actores de pleno derecho. Braid es el escaparate de esa evolución, de la esencia de un medio adulto que debe mostrar orgulloso sus piezas, sus engranajes y sus peculiaridades, dejando a un lado ese ansia, tan desmedida a veces, de transmutarse en otros.

Acerca de Scullywen


Una especie de bundle friki con patas: videojuegos, rol, juegos de mesa con muchas piececitas de colores, ciencia ficción y fantasía a tutiplén, cómics, series de esas que no tienen audiencia y pueblan los sueños húmedos de Joss Whedon... También escribo cosas, y a veces lo hago con las manos. Y con un gato encima del teclado.

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