28 de diciembre, 2012

Especial Faster Than Light
Artículo indiespensable
Indiespensable
Especial Faster Than Light — Huyendo hacia el infinito: las raíces en la space-opera

Si hay algo innato a la naturaleza humana es el deseo de conocer, de saltar por encima de barrotes y muros. Seguramente todos tendremos alguna vieja cicatriz infantil que lo atestigüe. La idea del viaje como búsqueda ha estado siempre presente en los relatos a lo largo de los siglos como símbolo de ese nomadismo vital que nos acompaña, y también como metáfora de nuestro tránsito inevitable por las edades.

Cuando la gran época del imperialismo y las colonizaciones termina, es la ciencia ficción la encargada de traernos nuevos horizontes hacia los que encauzar el anhelo del viaje. La space-opera ejemplifica como ningún otro subgénero este deseo: sus escenarios, su atrezzo de agujeros negros y supernovas, nos transmiten esa inmensidad que antaño fuera patrimonio de los océanos inexplorados, y que no es otra cosa que un reflejo de la vastedad de nuestro propio desconocimiento.

Como las epopeyas clásicas, la space-opera también nos trae el concepto de la huida hacia delante. Sus protagonistas, Eneas futuristas que cambian la espada por la dickiana pistola de rayos, dejan a su espalda la desolación o una situación desfavorable para adentrarse en la negrura del cosmos, siempre con el mal pisándoles los talones. No hay vuelta ni posibilidad de mirar atrás; sólo ese fluir hacia la oscuridad, la incertidumbre de un viaje donde no se vislumbra la meta. Y es aquí donde se diferencian de esos grandes descubridores a los que debemos la configuración del mundo. «El explorador que no vuelve», nos dice Ursula K. Le Guin en Los desposeídos (Harper & Row, 1974), «o que no envía de regreso sus naves para que cuenten lo que ha visto, no es un explorador, es un aventurero, y sus hijos nacen en el exilio.»

Imagino el espacio como un cuenco sin fin, como una garganta infinita que nunca termina de tragarte,
como un animal mítico que ronroneara su calma hecha de burlas y viento.

Hamlet Evans

«El exilio, la inmensidad del universo, la infinitud del tiempo.» Tres conceptos con los que Brian Aldiss (Criptozoico, El árbol de saliva) define a la space-opera y que encajan como un guante en Faster Than Light: en conjunto, nos encontramos ante un inmenso homenaje a ese sentido de la maravilla, al viaje sin fin en la piel del aventurero de pura cepa.

El título de Subset Games parte de la base de unos personajes poco definidos, otro de los grandes tópicos —aunque desmentido ya por un buen número de autores que han sabido dotar al género de nuevas vestiduras, como McMaster Bujold o los españoles Juan Miguel Aguilera y Javier Redal—. Está claro que es algo deliberado, una parte importante de la complicidad que entabla con nosotros. En Faster Than Light, el papel de rutilante salvador no es sino uno de los muchos que podemos asumir. Porque, por simple que nos parezca el juego durante las primeras partidas, pronto nos daremos cuenta de las diferentes máscaras nos permite adoptar sin necesidad de grandes artificios. No se nos niega prácticamente ninguna opción: podemos ayudar a esa triste nave de reconocimiento varada en la superficie de un planeta y contar con su gratitud… o, por qué no, acribillarla y hacernos con un botín mucho más suculento.

El héroe o el villano a nuestra entera disposición, y por supuesto ese puntillo intermedio que tanto nos gusta: el rogue. El bandido que mira por sus intereses, buscando su beneficio desde una ética bastante difusa, o digamos que voluble. El arquetipo romántico por excelencia, que nunca muere sino que se transforma.

Faster Than Light nos pone en la piel de ese bribonzuelo en quien todos hemos querido siempre convertirnos durante unas horas, pero incluso va más allá. Como capitanes de la nave, nos obliga a tener que hacernos cargo de todos y cada uno de sus entresijos (los propios creadores definen el juego, en su página web, como un «simulador de nave espacial»), y nos plantea esas situaciones que a veces se pasan por alto en los juegos del estilo, demostrando que la épica puede tener muchas caras. No todo son invasiones enemigas o razas hostiles que pretenden robarnos nuestros preciados bienes; también debemos hacer frente a crisis como pueden ser los daños causados por una lluvia de asteroides,  los incendios provocados por la cercanía de un sol. Puede que nuestros personajes empiecen siendo anodinos y anónimos, pero sin duda no tardaremos en asignar a cada uno un rol determinado, en función de las circunstancias y de cómo hagamos uso de ellos; en nuestra mente, enseguida sabremos quién de ellos es el piloto, quién el mecánico y, por supuesto quién nuestro particular Han Solo.

En Faster Than Light resuena el eco de los relatos corales, de los que tantos y tantos referentes podemos encontrar en la space-opera. Si nos vamos a lo audiovisual vemos claramente la sombra de la malograda Firefly de Joss Whedon, una serie que, como él mismo definiera, trata sobre «nueve personas mirando al espacio y viendo nueve cosas diferentes.» Una descripción que se puede aplicar a nosotros como jugadores; cada una de nuestras partidas, de nuestras elecciones, no es sino una manera diferente de devolver la mirada al silencioso abismo del cosmos. Son muchas los detalles que convierten en hermanos espirituales a Faster Than Light y a Firefly, y como muestra nada mejor que el excelente capítulo de ésta Out of Gas, que bien podría reflejar uno de nuestros saltos en el juego, de ésos en los que el azar ejerce de invisible antagonista.

When we show fear, it jumps at us faster than light, but if we do not show fear, it casts its eye upon us gently and then guides us into infinity…

Laughing Bull

Sobrevivir a base de misiones temerarias, de recoger chatarra o bienes abandonados y venderlos al mejor postor, son tareas indispensables dentro del manual de vida del rogue espacial. Y, cómo no, la adrenalina del ser perseguido por la ley, esa garra que nos acecha y amenaza y entre cuyos dedos nos escabullimos ágilmente. Si la space-opera nos cautiva y fascina es precisamente porque nos lleva a desafiar los límites y burlar los obstáculos, haciendo suyo el siempre moldeable concepto del extrañamiento brechtiano.  Sentimos la presencia del poderoso respirándonos en la nuca, en Faster Than Light encarnado en la flota rebelde de la que debemos escapar… y qué mayor placer que el de dejarle con dos palmos de narices. Siempre hacia delante, siempre incansables.

Las similitudes con Firefly siguen ahí; quienes hayan visto la serie recordarán sin duda todas esas escenas en las que nuestro disfuncional grupo de protagonistas se encuentra, de un modo u otro, con las largas (y azules) manos de la Alianza por doquier, mientras llevan a cabo alguno de sus trabajos de cuestionable legalidad. Y remontándonos un poco más atrás en el tiempo para buscar otro referente, cómo pasar por alto otra divertidísima y frenética space-opera a la que Faster Than Light puede tranquilamente dar la mano como a un pariente cercano, esta vez procedente del mundillo del anime: Cowboy Bebop (Shinichiro Watanabe, 1998). El sinvergüenza de Spike y su tripulación, en eterna huida, siempre aceptando encargos para cazar a escurridizos fugitivos, se sentirían como en casa en cualquiera de nuestras partidas. La nave de Firefly, Serenity, está disponible para el juego en un mod; no sería mala idea hacer lo propio con la Bebop (si algún manitas del tema lee estas líneas, que no se corte).

Faster Than Light compone un armónico baile entre la acción y la fascinación de la aventura per se, y es, probablemente, uno de los juegos que mejor captura la esencia primordial de la space-opera. Nos invita a mirar al infinito dejando que nos absorba, en esa huida incierta y fascinante que tantas veces hemos emprendido en libros, películas o series, y que supera miedos y barreras.

—We´re still flying.
—That´s not much.
—That´s enough.

̣̣

Malcolm Reynolds

Acerca de Scullywen


Una especie de bundle friki con patas: videojuegos, rol, juegos de mesa con muchas piececitas de colores, ciencia ficción y fantasía a tutiplén, cómics, series de esas que no tienen audiencia y pueblan los sueños húmedos de Joss Whedon... También escribo cosas, y a veces lo hago con las manos. Y con un gato encima del teclado.

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